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Los niños de San Juan eligieron los paseos sobre ruedas para su primera salida a la calle tras 42 días de confinamiento

#Salud 26/04/2020

Bicicletas, patines y patinetes, cualquier juguete con ruedas servía para darle emoción al primer paseo de los niños de San Juan de Aznalfarache tras está larga cuarentena. Ruedas y mucha responsabilidad. Estaban bien aleccionados y hasta los más pequeños tenían claro qué podían hacer y qué no podían ni pensar siquiera. Muchos de ellos ya llevaban sus propias mascarillas y otros recibieron este elemento de protección de los casi 40 voluntarios distribuidos por la localidad. Alrededor de 3.000 mascarillas de diversas tallas se han repartido esta mañana en todos los barrios del pueblo.

voluntarios

A primera hora de la mañana, a las puertas del Ayuntamiento, el grupo de voluntarios, más de 30, junto a Policía Local y Policía Nacional se concentraban para recibir las últimas instrucciones. Desde allí, una vez recogidas las mascarillas se fueron repartiendo por las zonas que se les había asignado a cada unos ellos. El alcalde, Fernando Zamora, quiso «agradecer una vez más la labor altruista de los voluntarios, de Protección Civil, de Policía Local y la coordinación siempre impecable, también hoy, con Policía Nacional».

La mañana amaneció gris y parecía que los niños no se atrevían a salir. En el parque de los Pitufos dos voluntarios de Protección civil se aburren sentados en un banco, «por aquí no ha pasado nadie aún», eran casi las diez y media de la mañana. Las calles en dirección hacia el paseo fluvial también desiertas. Un camión desinfectando, un par de personas esperan que pase el autobús, la dueña de una de las tiendas de Fernández Campos que sale a la puerta preguntándose dónde se habrá metido hoy la gente. En la plaza de Agustín Pérez, varias terrazas muestran los adornos de la noche del pescaíto desconstruida. Quizás la resaca del primer día de Feria.

Un patrullero de la Policía Local avanza por Peñasquerío hacia el Paseo Fluvial. No es necesaria la vigilancia. Al final del paseo, Jesús, que anda limpiando el descampado de hierbas relata que «las muchachas del Ayuntamiento que están repartiendo mascarillas han dado ya dos o tres vueltas por aquí, pero hay poco niños. Mira hay una señora con su hija». Andan de paseo y  ya ha cogido su mascarilla, «nos ha dicho que no corramos, pero yo les he dicho que no tenemos ninguna intención», dice riendo, «con el paseo ya tenemos suficiente» Un hombre con su hijo pequeño, que peloteaba en el descampado, se pierde por el camino en dirección a los bajos del puente del hierro.

La subida al Monumento por las escaleras está poco transitada, nadie. Arriba, junto a la plaza de Otto otro padre con su hijo, bajan por la calle Barajas hacia Doctor Cariñanos. Una señora, no excesivamente mayor pero sí con edad suficiente para ser abuela, abre la puerta de su casa al oir la voz infantil. «Dónde están los niños, que hace muchos días que no los vemos. Saldrán más tarde supongo» y feliz ante la perspectiva, vuelve a cerrar para confinarse.

La animación en el paseo del Mirador es similar. Dos pequeñas en sus patines se esfuerzan por mantener el equilibro, una también pasea al perro, la otra necesita el apoyo paterno para matenerse en pie sobre las ruedas. «Cualquiera no salía hoy comenta a un vecino en la distancia. En las Vírgenes, el ruido infantil sale de las casas o de las conversaciones de terraza recuperadas del olvido de los patios de vecinos. De nuevo en el parque de los Pitufos, una niña, que un rato antes había rechazado la mascarilla, la acepta ahora, «esta se puede lavar», le explica la voluntaria de Protección Civil.

Avanza la mañana, casi las doce y el parque de la cuesta del Cross está algo más animado. Una niña salta la comba, dos pequeños se persiguen ante la atenta mirada del padre, que los deja correr mientras, junto las bicicletas, se apoyam en la barandilla de madera del estanque de los patos. Una pequeñina se entretiene arrancando hierba para tirarla a su padre, agachado junto a ella. Valdomina se despereza y de las calles salen familias con los niños corriendo, en bicicleta, o empujando el carrito del bebé hacia el paseo que lleva al parque.

En la Cooperativa, una niña espera con su padre para comprar el pan y otro acompaña a su madre, pertrechada con un enorme Michey en la mano, una Minie en su camiseta, un globo celeste y un caramelo en la mano del niño. En el parque los voluntarios ya han entregado la mayor parte de las mascarillas pequeñas, aún les queda alguna grande para los padres, explica Fran. En el laberinto de San José Obrero cuatro voluntarias están a punto de acabar con sus existencias. Una chica se queda con una de las últimas, aunque lleva una quirúrgica, «éstas son mejores, que las puedes reutilizar». El padre la acompaña y desde el balcón un vecino contempla la escena divertido. La vida vuelve a las calles.

Como en Montelar, donde hoy son los niños los que sacan a pasear a los perros, hasta ayer los miraban salir desde su encierro. Un pequeño se afana en dar pedales con su madre de guardiana. Las calles están tranquilas, los niños han salido responsablemente. La mañana del primer día de libertad controlada ya se ha hecho mediodía y el sol se atreve a salir, un poco, solo un poco.